La música desempeña un papel fundamental en nuestros imaginarios colectivos locales. Sin ir más lejos, las piezas expresamente compuestas para ocasiones especiales (ya sean de carácter religioso o civil) conviven tanto con himnos oficiales y “oficiosos” como con canciones populares arraigadas en una zona o localidad, por citar solo algunos casos. La música actúa como aglutinante para la colectividad: más que una capa sonora que envuelve al pueblo, es la red que enlaza los diferentes momentos y contextos que componen la celebración. Diversos colectivos musicales como bandas, txistularis, “gaiteros” o charangas así lo demuestran.
En el mundo rural tradicional las bandas de música locales han cumplido en gran medida ese papel de hilo conductor en la representación de la identidad compartida. Allá donde persisten, durante las fiestas siguen despertando al pueblo con las dianas, acompañando a las autoridades y a la procesión u ofreciendo conciertos, por ejemplo. Antaño, además, acudían a ciertos funerales o amenizaban aquellos bailes semanales tan importantes en la educación sentimental de nuestros pueblos entre finales del XIX y mediados del XX.
Y es que, precisamente en una época en la que la Educación y la Cultura (así, con mayúsculas) eran muy restringidas, las bandas actuaron como auténticos agentes culturales. Para muchos jóvenes escasamente escolarizados (hasta época reciente no incluían chicas) fueron el lugar donde desarrollar inquietudes y acceder a una formación con la que ganarse la vida más allá del trabajo a jornal. Pertenecer a una banda pasaba así a ser un rasgo identitario, como sucede con los oficios sobre todo cuando hay una tradición familiar en su desempeño. Y aunque en el Oyón-Oion de finales de los años cuarenta ser músico no sería, ni de lejos, tan prestigioso como ser médico, boticario o juez, podía conllevar cierto reconocimiento social.
En contraprestación, ser integrante de la banda exigía compromiso. Acudir a los ensayos era obligatorio, a no ser por fuerza mayor. Podía suceder que no hubiera un día fijo para reunirse o que algún compromiso del director motivara cambios de horario, como ocurría en la Unión Musical Oyonesa (escindida de la Santa Cecilia), dirigida entonces por Francisco Ibáñez. En tales ocasiones, él mismo lanzaba la convocatoria a través de los integrantes más jóvenes de la banda, encargados de anunciarla a voz en grito de casa en casa, a modo de corredera: “¡Fulano! ¡A las ocho, Academia!”. Un grito que aún resuena en la memoria de hijos e hijas de aquellos músicos y un término, “academia” como equivalente al ensayo en casa de Ibáñez, cuyo trasfondo filosófico y artístico denota orgullo profesional.
Las actuaciones suponían ingresos extra, unos duros muy necesarios en muchos hogares. Los directores procuraban actualizar su repertorio adquiriendo partituras arregladas para banda de las canciones de moda. Indudablemente, eso requería esfuerzo, pero aprender también suponía estímulo y prestigio. Además, podía servir para desmarcarse de la competencia y conseguir bolos fuera de la localidad, como en aquellas que no tenían banda propia. Si debían actuar durante varios días, estos músicos eran distribuidos en varias casas y sus gastos de alojamiento corrían a cargo de ese pueblo.
En conclusión, estos colectivos musicales eran (y son) puntos de confluencia: entre las memorias individuales y los imaginarios locales, entre las identidades propias o familiares y las compartidas con el vecindario, entre la localidad de origen y el resto del mundo.
Beatriz Gallego — Labrit Patrimonio
Bibliografía recomendada:
Moreno, Eduardo. (2019). Más allá de las bandas de música de Rioja Alavesa. Publicaciones de la Diputación Foral de Álava / Arabako Foru Aldundiaren Argitalpenak.