Apuntes de etnografía

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Canabla del siglo XIX, única policromada que se conoce. Museo Etnográfico del Reino de Pamplona. Arteta (Nafarroa). Autor: Fernando Hualde.

Dentro de la cultura pastoril, dentro de su etnografía y sobre todo dentro de la artesanía que rodea al oficio de pastor, hay piezas y objetos que no necesitan presentación, mientras que a otros les pasa todo lo contrario, no tanto porque no las conozcamos sino porque con frecuencia desconocemos su nombre. Entre estas últimas están las canablas, en otros sitios también conocidas como cañablas.

Nos estamos refiriendo a esos collares que lleva el ganado abrazando su cuello, que son los que les permiten a ovejas, cabras, vacas y caballerías llevar colgando el cencerro para que se les oiga, se les identifique y se les ubique. Son piezas que tienden a pasar desapercibidas, no en vano lo llamativo es el objeto que cuelga de ellas. Y ahora, en estas líneas, nos vamos a centrar en las construidas con madera por los propios pastores, a las que poco a poco las correas de cuero van arrinconando, siendo probable que a corto o medio plazo veamos desaparecer.

Los museos etnográficos, también alguna colección particular, todavía son capaces de mostrarnos canablas diseñadas para llevar cencerros o esquilas de cierta envergadura, más anchas de lo habitual, que lucen dibujos e inscripciones decorativas, a veces mediante técnicas artesanales de pirograbado e incluso de policromado, que nos muestran iniciales, o dibujos geométricos, o toscos dibujos que parecen más propios de haber sido plasmados en las paredes de alguna cueva por algún personaje de la prehistoria.

Canablas para oveja a estrenar. Autor: Fernando Hualde.

Sin embargo, detrás de cada canabla se esconde un trabajo y una manualidad que no alcanzamos a sospechar. El pastor —pienso en mi padre, pastor roncalés, de cuyas manos salieron cientos de estas piezas— sabe qué madera es la adecuada para ese tipo de trabajo; sabe también en qué momento del año hay que cortarla, normalmente durante la última luna llena del año; sabe cómo sacar de ella los flejes, normalmente de castaño o de haya, y cómo rebajar su grosor hasta el punto idóneo, sin pasarse ni un milímetro; conoce el pastor los secretos para que esa madera no se rompa al curvarla, eso requiere haberla tenido unos meses enterrada bajo la paja, a ser posible entremezclada con el fiemo o estiércol; y sabe finalmente armarse de santa paciencia para, sin ninguna prisa, y previa inmersión en agua o en estiércol, ir poco a poco dándole la curvatura a ese fleje de madera, utilizando el contorno de la pierna como molde, hasta lograr que se doblegue todo lo que hace falta.

A partir de allí es el momento de manejar la navaja o un cristal viejo, herramientas estas que hacen posible un acabado bien redondeado en todo el contorno de su desarrollo para que al animal no le moleste. Lo último que hace el pastor, siempre con la navaja, o con un cuchillo bien afilado, son las releches, dos pares de oscas o incisiones hechas en los extremos del fleje que son las que permiten, con la ayuda de un alambre, atar la canabla y dejarla bien sujeta al cuello del animal, poniendo siempre especial cuidado de que el cierre del alambre quede en la parte exterior para así no hacerle daño al animal portador de esta pieza.

Cuando las canablas son anchas, diseñadas para que de ellas cuelguen trucos o cañones, se busca otro sistema de cierre diferente y a la vez más ágil, pues no hay que olvidar que en los desplazamientos trashumantes los chotos, o los iraskos —chotos castrados—, necesitan permanentes relevos a la hora de llevar estos grandes cencerros, lo que requiere un sistema fácil de atar y soltar las canablas; es en estos casos cuando surgen y se aplican las tornilleras, o pasadores de canabla, unas piezas talladas en madera de boj de las que llegan a conservarse verdaderas obras de arte, que le dan elegancia y prestancia a todo el conjunto formado por cencerro, canabla y tornillera. Pero estas últimas, las tornilleras, requieren y merecen un capítulo aparte.

Nos quedamos hoy con el recuerdo de las canablas, una pieza que discretamente va pasando a la historia y al baúl de los olvidos.

 

Fernando Hualde – Etnógrafo – Labrit Patrimonio

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