Apuntes de etnografía

Dos bailarines bailando un aurresku en Armentia. Autor: Josu Chavarri Erralde.

Danza[1] y baile tradicional[2] son, ante todo, un hecho social: una práctica cultural que articula comunidad, memoria e identidad. Más allá de su dimensión estética, el baile y la danza organizan y regulan las relaciones sociales, expresan valores simbólicos y acompañan los ciclos festivos de carácter religioso y comunitario: romerías, fiestas, carnavales o celebraciones agrícolas. Se articulan y entienden a partir de códigos no escritos que definen qué se baila, quién puede hacerlo, en qué espacio y bajo qué reglas. Ejemplo claro son las danzas rituales, donde los roles están estrictamente repartidos y donde cada gesto tiene un valor ritual (Barandiaran, 1972).

Los espacios de la danza y el baile en su contexto cultural son lugares de sociabilidad. En ellos, los bailes colectivos y las danzas actúan como formas de cohesión social, reforzando identidades locales. Como afirma Caro Baroja (1979), el baile tradicional no puede comprenderse fuera de su relación con el calendario festivo y los sistemas de reciprocidad de la vida rural.

Sin embargo, en el último siglo, danzas y bailes tradicionales han experimentado un proceso de escenificación y espectacularización. Lo que antes se bailaba en la plaza, con y para la comunidad, ha pasado a representarse en escenarios, festivales y actos institucionales. Las agrupaciones folklóricas han jugado un papel fundamental en la salvaguardia y transmisión de bailes y danzas, pero también en su transformación: repertorios codificados, trajes uniformizados, coreografías adaptadas al espectáculo (Larrañaga, 2007).

Paloteado de Cortes. Autor: Raúl Belio.

Este tránsito ha generado tensiones. Por un lado, la visibilidad del patrimonio dancístico se ha multiplicado: las danzas se difunden en certámenes internacionales, en programas educativos o en actos políticos donde funcionan como emblema identitario. Pero, por otro, se corre el riesgo de descontextualizar las prácticas, reduciéndolas a exhibición estética desvinculada de su sentido ritual original (Díaz de Durana, 2015).

Un ejemplo paradigmático es el del aurresku, antaño baile comunitario y actualmente convertido en “danza de honor” interpretado en ceremonias civiles, homenajes o inauguraciones oficiales. La espectacularización ha estilizado sus pasos y reducido su función social a la de rito protocolario. Otro caso es el de los paloteados de la Ribera navarra, que combinaban elementos teatrales, sátira política y danza ritual y que hoy, generalmente, sobreviven gracias a asociaciones locales que los reinterpretan en clave de espectáculo patrimonial.

Estas transformaciones evidencian la tensión entre autenticidad y reconstrucción. Como recuerda la UNESCO (Convención 2003), el patrimonio inmaterial es dinámico y se adapta a nuevos contextos, pero siempre con el riesgo de perder su función social originaria. El reto consiste en mantener la danza como práctica viva, vinculada a la comunidad, evitando que se convierta en simple “folclore de escenario”.

[1] Entendida como una manifestación que utiliza el cuerpo como medio de expresión simbólica, estética o espiritual.
[2] Entendido como una acción social o recreativa que implica moverse al ritmo de la música, de manera individual o colectiva.

Julio Cesar – Labrit Patrimonio


BIBLIOGRAFÍA

Barandiaran, J. M. (1972). Obras completas. Bilbao: La Gran Enciclopedia Vasca.

Caro Baroja, J. (1979). El carnaval. Madrid: Taurus.

Eusko Ikaskuntza (2001). La danza tradicional en el País Vasco. Donostia: Eusko Ikaskuntza.

Larrañaga, J. (2007). “La transmisión de la danza tradicional vasca en el siglo XX”. Revista de Folklore, 320, 45-52.

Díaz de Durana, J. (2015). Fiestas, ritos y danzas en Navarra y el País Vasco. Pamplona: Gobierno de Navarra.

UNESCO (2003). Convención para la salvaguardia del patrimonio cultural inmaterial. París: UNESCO.

 

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