Apuntes de etnografía

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Párvulos. Cementerio de Berastegi. Fuente: Archivo Fotográfico de Labayru Fundazioa.

En el sentir popular el entierro de niños y niñas ha tenido una consideración singular porque se trataba de la muerte de un ser inocente, que para los creyentes iba directamente al cielo. En consecuencia, no se daban los signos habituales de luto y duelo, el blanco era el color dominante, también en el féretro y en su forro interior, y la misa era de Gloria. Antaño la tasa de mortalidad infantil fue muy elevada dentro del primer año de vida y sobre todo en los primeros días posteriores al parto. En euskera se conocía esta situación como urtemina, los males del primer año.

El anuncio de la muerte de una criatura se hacía mediante toques de campana conocidos como ‘toques a gloria’ o ‘aingeru-kanpaiak’ y los enterramientos se llevaban a cabo en lugares señalados de la casa o del cementerio. La comitiva fúnebre solía ser más reducida que en el entierro de un adulto, los anderos también eran menores y en algunas localidades se correspondían con el sexo de la criatura fallecida.

Hasta mediados del siglo XX en los cementerios había una zona aneja al camposanto dedicada a los niños y niñas muertos sin bautismo conocida como limbo, que era asimismo el lugar adonde iban estos menores según la creencia popular inducida por la Iglesia. La práctica totalidad de los y las menores no bautizadas enterradas en el limbo eran las nacidas muertas, ya que se les bautizaba nada más nacer y más si corrían peligro de muerte.

Folleto para bautismo de urgencia (Etxe-bataioa). Fuente: Archivo Fotográfico de Labayru Fundazioa.

En algunas localidades también hasta los años 1940-1950 perduró la costumbre de dar sepultura a las criaturas nacidas muertas o que fallecían sin ser bautizadas bajo el alero de la casa, ituxurapean, o en un huerto contiguo a ella, baratza; y, en ocasiones, en el propio recinto de la casa.

En tiempos pasados, en zonas rurales había ocasiones en que la mujer paría en casa sola sin ayuda de la parturienta, familiares o vecinas. En esos casos se solía enterrar la placenta, también conocida como segundinas o secundinas, en la huerta o entre el estiércol amontonado en la cuadra. Incluso hay testimonios de darles tierra bajo el alero de la casa en recuerdo de la costumbre citada de enterrar bajo la protección de la casa a las niñas y niños nacidos muertos o fallecidos sin bautizar.

 

Segundo Oar-Arteta — Etniker Bizkaia — Labayru Fundazioa

Bibliografía:

Ritos del nacimiento al matrimonio. Ritos funerarios y Casa y Familia. Atlas Etnográfico de Vasconia.

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