Apuntes de etnografía

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Comadreja. Fuente: Felix Mugurutza.

En la cultura popular de los ambientes rurales, la comadreja se ha tenido como un animal especialmente astuto y peligroso. Lo es tanto que, a diferencia del resto de las alimañas, puede incluso intuir y adelantarse a las intenciones de los humanos.

Cuando esto sucede, cuando la comadreja ha intuido que los humanos pretenden perturbarla, se venga de ellos con graves consecuencias. Al parecer, porque ese animalillo cuenta con cualidades de carácter sobrenatural y mágico.

El trato hacia la comadreja está, por tanto, basado en el temor y, sobre todo, en el respeto. Era, por así decirlo, un animal que simbolizaba el mal como concepción general.

Tanto se la temía que no se la llamaba por su nombre, para no invocarla. De hecho, como suele suceder con las alimañas más dañinas, no cuenta con una denominación específica. En su sustitución se usan eufemismos como «comadreja» (diminutivo con significado de ‘partera’ o ‘madrina’) en castellano o «erbinudea» (‘nodriza de liebres’) en euskera.

También, quizá en referencia al color marrón de su espalda y blanco del vientre, «paniquesa» o «paniquesilla» (‘pan y queso’) en castellano y «ogigaztaia» (ogi-gaztaia, ‘pan y queso’) en euskera.

Otra denominación en euskera, propia de Ipar Euskal Herria, es «anderederra» (‘señora hermosa’) y sin duda muestra un trato reverencial hacia el animal para evitar la furia de su castigo.

Las referencias más cercanas que conozco de este tema son las de Llodio, gracias a mi padre y a mi madre. Según sus relatos, la irrupción de la comadreja en los caseríos de Llodio generaba gran inquietud entre sus moradores. Se dice que, sigilosa, entraba con facilidad a las cuadras y producía infinidad de desgracias en su interior. Pero, como se ha dicho, era una alimaña tan inteligente y astuta que no se la debía atacar ni asustar, para que no se molestase, ya que, de hacerlo así, se vengaría con creces más tarde, matando al mejor animal del establo o rasgando sus ubres.

Para espantarla, había que proceder de manera que no se sintiese molestada. Normalmente se hacía quemando gomas —abarcas u otros calzados viejos— ya que, dicen, su olor le resultaba tan desagradable que optaba por irse a otro lado sin sospechar de la mala intención de los humanos. Es una creencia muy generalizada, en ningún caso exclusiva de Llodio.

Actuando así se evitaba su inclemente revancha. Es algo muy recordado aún por la gente mayor del ámbito rural del municipio.

Contaba mi padre, hace poco fallecido, que en su barrio de Markuartu se recordaba haber escuchado cómo, en un caserío vecino al suyo, en cierta ocasión, una comadreja se vengó de los vecinos, porque había sido incomodada al ahuyentarla tirándole unas piedras: «Envenenó toda el agua de un balde que habían traído de la fuente para beber. Eso muchas veces nos contaba la madre. Por eso había que espantarla quemando gomas y cosas viejas, no metiéndose con ella».

Por último, sin salir del municipio, citaremos la información sobre Llodio facilitada por C. Juan Egia Orue a José Miguel Barandiaran (1935) y en el que decía que «Existe la creencia general de que las comadrejas [tienen] más veneno que las culebras».

Ahí es nada. ¡Como para jugársela con el animalillo!

 

Felix Mugurutza – Investigador

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