Apuntes de etnografía

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Gabon-mukurra, el tronco vasco. Fuente: Felix Mugurutza.

Uno de los actos navideños más significativos de nuestra cultura vasca —y en gran parte de Europa— consistía en quemar un gran tronco en el fuego del hogar. Era un madero que se consumía durante días y adquiría a partir de ese acto cualidades sobrenaturales, mágicas. A pesar de su importancia, es en la actualidad una tradición desaparecida e incluso su lejano recuerdo, inexistente o muy limitado.

¿Pero, qué era aquel madero? ¿Por qué desapareció?

Con los nombres de eguberri, gabon, gabonzuzi, gabon-subil, gabon-mukur, olentzero-enbor, onontzoro-mokor, subilaro-egur, suklaro-egur, sukubela, porrondoko… recogió J. M. Barandiaran en toda la geografía vasca la costumbre de traer desde el bosque hasta el hogar un gran tronco cuyo destino era el ser «sacrificado» en el fuego del hogar, quizá ofrendado al sol para atraer su protección y prosperidad al hogar familiar. Debía de arder durante esa noche solsticial —Nochebuena— y así poder convertirse en algo mágico, dotado de poderes sobrenaturales.

En un breve repaso por aquellos apuntes observaremos como ardía el tronco en Trespuentes por Nochebuena en el hogar y que lo arrastraban hasta el interior de la cocina una pareja de bueyes, al igual que atestiguamos en Laudio.

En Oleta se encendía el tronco nuevo junto a los residuos del tronco anterior, bien custodiados para poder hacer esa transición.

En Oiartzun, Abadiño o Antzuola preparaban la cena de Nochebuena con ese nuevo fuego y, en las casas del casco urbano de Durango, preparaban la cena sobre aquel Gabon-mukurre, sobre el gran tronco sagrado.

En Elduain avivaban el fuego del gran madero, a fin de evitar que descendiese Olentzero por la chimenea, armado con una hoz, dispuesto a quitar la vida a cuantos viviesen en la casa.

También se hacía pasar a los animales sobre sus cenizas en Ezkirotz, Oiartzun o Arakil para evitar que a lo largo del año muriesen por accidente. En Agurain, asimismo, se creía que el gran tronco tenía la virtud de alejar las tempestades y lo ponían al fuego cada vez que se acercaba una tormenta.

Gabon-mukurra, el tronco vasco. Fuente: Felix Mugurutza.

También sus cenizas eran un infalible talismán contra los maleficios de las comadrejas, para evitar las enfermedades en las ubres o para preservar la salud de los toros sementales. Con esa gran capacidad benefactora no es extraño que se esparciesen sus cenizas por los campos, como se atestigua en Ibarruri, para eliminar los animales dañinos para las cosechas.

Es tal la fe que se tenía en dicho tronco navideño que, en localidades como Eraso, se enterraban los cadáveres junto a un trozo de las cenizas sagradas.

Pero, ¿por qué desapareció esta costumbre? Vamos a lanzar una hipótesis: se debe a la evolución arquitectónica del caserío.

En origen, y tratándolo con todas las generalizaciones y licencias del mundo, los caseríos más antiguos (XVI) tenían la cocina en la cuadra, separada de los animales por unas tablas, con unas pequeñas ventanillas a través de las cuales vigilaban de vez en cuando al ganado vacuno.

La cocina estaba próxima a la entrada, en el ángulo delantero del edificio. El fuego se encendía sobre una losa colocada en el centro de la estancia, tan solo elevada unos centímetros del suelo. Es probablemente cuando más difusión tuvo el ritual de nuestro madero, que se dispondría cruzado sobre aquella losa, algo que iría desapareciendo a medida que el caserío vasco evolucionó. Y es que, a lo largo del XVIII y el XIX, se generalizaron las chimeneas de fuego bajo con campana adosada al muro, con unos hogares bastante más elevados del suelo y ya, a menudo, reubicadas en las plantas superiores del edificio. Es el «fuego bajo» tan rústico y típico a nuestros ojos pero que en realidad fue una modernización en aquellas épocas. Sería entonces cuando resultó imposible trasportar el gran tronco hasta el fuego. Y se comenzaría paulatinamente a perderse la costumbre. Tan solo se mantendría en aquellos caseríos que disponían aún de aquellas cocinas en la planta baja, aquellas que eran el verdadero corazón y pulmón de la cultura vasca.

Sabiendo esto… ¿Por qué no hacer que presida nuestra noche de Navidad un hermoso tronco? Eguberri on.

 

Felix Mugurutza – Investigador

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