Apuntes de etnografía

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Salinas de Añana, 1943. Autor: Enrique Guinea. Fuente: Archivo Municipal de Vitoria-Gasteiz.

Recientemente hemos asistido a actos de homenaje a las mujeres que antaño desarrollaban en el lavadero una de las actividades que conformaban su quehacer diario. Iniciativas como las realizadas en Zalduendo o Argómaniz, nos recuerdan las duras condiciones en las que se desarrollaba la vida hasta hace pocas décadas. Pero, además, al tratarse de espacios genuinamente femeninos (la presencia de hombres en ellos era anecdótica), contribuyen sobre todo a la puesta en valor de unos trabajos triplemente invisibilizados: por pertenecer al ámbito de los cuidados (es decir, al doméstico), por ser desarrollados por mujeres y por haber perdurado durante más tiempo en el mundo rural que en el urbano.

Estos actos de homenaje “devuelven” el lavadero a la vida vecinal, le dotan de un contexto en una sociedad muy diferente de aquella en la que estos lugares cumplían un papel esencial en el día a día del pueblo. Y eso es importante porque, por sencillas que pudieran resultar muchas de esas construcciones, o por pequeñas que fueran las localidades en las que se ubicaban, los lavaderos son auténticos lugares de memoria: además de ser el escenario de recuerdos individuales, recogen memoria colectiva en cuestiones como la vida cotidiana y la construcción de género. Así, han constituido espacios de trabajo y de transmisión intergeneracional de conocimientos y técnicas propias de cada oficio, han sido el marco de diferentes expresiones de oralidad (léxico, canciones, refranes…), sin duda han supuesto enclaves de sororidad y de sociabilidad, así como lugares habituales de prácticas de gestión comunal como el auzolan, por ejemplo.

Como consecuencia de los avances tecnológicos y de las transformaciones sociales, los lavaderos, al igual que otros espacios público-privados (el zaguán, la plazuela…) fueron siendo desplazados por otros. Pero este proceso, sin duda lógico, de sustitución de focos de relaciones interpersonales puede desembocar en desmemoria. Y cuando esa desmemoria incumbe, precisamente, a cuestiones vinculadas a la invisibilización de ciertos colectivos, puede ser el primer paso hacia un fenómeno mucho más complejo y peligroso: el del olvido colectivo.

La degradación de muchos lavaderos cuando dejaron de tener utilidad, que acabó justificando la demolición de muchos de ellos, supuso la desaparición del imaginario colectivo de un espacio femenino de trabajo y sociabilidad, un lugar singular en el que las mujeres eran las únicas protagonistas. Por eso es importante poner en valor iniciativas como las mencionadas e incluso promover otras, como colocar placas conmemorativas, convertir sus muros en espacios expositivos o incluso recopilar testimonios vinculados a esos espacios, como se hizo en Treviño en 2020. Todas ellas, en definitiva, constituyen píldoras que favorecen el recuerdo colectivo y ayudan a combatir la desmemoria.

 

Beatriz Gallego Muñoz

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