Apuntes de etnografía

0

Rederas en Lekeitio. Fuente: Nieves Mendazona.

Las rederas representan un oficio tradicional, manual y altamente especializado dentro del mundo marítimo. Su labor consiste en reparar las redes de pesca, un trabajo imprescindible para el funcionamiento diario de las embarcaciones de bajura. Aunque se trata de una actividad con una larga trayectoria histórica, su presencia se ha reducido notablemente y hoy es un oficio en claro riesgo de desaparición.

La mayoría de estas mujeres aprendían el oficio dentro del entorno familiar, recibiendo sus primeras nociones de madres y parientes: cómo cargar el hilo en la aguja, reparar pequeños agujeros o unir piezas. Al integrarse en un grupo de rederas, una encargada experimentada completaba su formación, de modo que el aprendizaje era constante, ya que cada desperfecto en la red es distinto y depende de factores como las corrientes, el peso de la pesca o maniobras complicadas.

Antaño, además de repararlas, también confeccionaban redes completas, añadiendo a los paños, corchos, plomos e incluso un escapulario para proteger a los marineros. Sin embargo, actualmente las redes se adquieren ya fabricadas y su trabajo se centra casi por completo en las reparaciones. Los materiales también han cambiado: se pasó de redes de algodón que había que teñir a redes de nylon, mucho más resistentes, ligeras y prácticas.

Tradicionalmente, la reparación de redes de bajura ha sido cosa de mujeres, mientras que los hombres se han ocupado de las redes de altura. Las rederas trabajaban organizadas en grupos numerosos, especialmente durante el siglo XX, cuando existían muchas embarcaciones de bajura. En puertos como Bermeo, por ejemplo, llegaron a reunirse hasta 120 rederas. Cada grupo tenía una encargada, con gran responsabilidad, que distribuía el trabajo, supervisaba las reparaciones, enseñaba a las aprendices y se coordinaba con los armadores. El cobro era por horas y por reparaciones, pero la inestabilidad del trabajo hacía difícil planificar ingresos, dependiendo de las campañas de pesca, las paradas biológicas y el estado de la mar.

Su labor está fuertemente marcada por la estacionalidad. El año comenzaba con la pesca del verdel, seguía con la exigente campaña de la anchoa, continuaba con el verano del bonito y finalizaba con el chicharro y la sardina. En invierno realizaban arreglos de mantenimiento en espacios cubiertos. A menudo debían trabajar fines de semana y festivos, ya que las redes debían estar listas para la siguiente salida a la mar.

La redera Guruzne Badiola en Ondarroa, 2022. Autor: Gabo Punzo. Fuente: Archivo Fotográfico de Labayru Fundazioa.

Las condiciones laborales fueron duras durante décadas: trabajaban al aire libre, sentadas en el muelle y expuestas al frío, la humedad, la lluvia o el sol. La postura de trabajo sobre el suelo provocaba desgaste físico, y la precariedad del vestuario hacía que tuvieran que protegerse, incluso con periódicos. Con el tiempo llegaron mejoras significativas, como los bastidores para sujetar las redes y los asientos altos; así como ropa más adecuada para las inclemencias del clima.

Su trabajo es eminentemente artesanal y no puede ser sustituido por máquinas. Las herramientas siguen siendo sencillas —agujas, tijeras, navajas, hilos de distintos grosores y ganchos metálicos—, y cada redera costea sus utensilios personales.

Desde finales del siglo XX el declive del sector de la pesca de bajura ha sido evidente, reduciéndose también el número de rederas. En algunos puertos ya no queda ninguna, como en Ondarroa; en Lekeitio solo hay una, vinculada a su embarcación familiar; y en Bermeo subsisten apenas cinco o seis. En 2012, un grupo de 61 rederas recibió su primer certificado profesional, un hito para la formalización del oficio. Actualmente trabajan como autónomas dentro del Régimen Especial del Mar, pero con bajas cotizaciones y sin relevo generacional. Las nuevas generaciones optan por trabajos más estables, con horarios definidos y mejores condiciones.

El futuro de las rederas es incierto, no solo por las duras condiciones del oficio, sino también por la reducción de la pesca artesanal y por el hecho de que muchos pescadores realizan pequeñas reparaciones a bordo. Para los arreglos más importantes, cada vez se depende más de los puertos gipuzkoanos, donde aún trabajan más profesionales. Así, el oficio, profundamente ligado a la identidad marítima vasca, se encuentra hoy en un proceso avanzado de desaparición.

 

Akaitze Kamiruaga

Departamento Herri Ondarea – Labayru Fundazioa

Comentarios ( 0 )

    Deja un comentario

    Your email address will not be published. Required fields are marked *

    Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

    ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~ ~