Apuntes de etnografía

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Kabalkadak en Itsasu (Lapurdi). Autor: Emilio Xabier Dueñas.

El año finaliza como comenzó: entre dulces y alcohol; entre trajes de gala y de etiqueta; entre confeti y serpentinas… y, si es posible, con ropa interior de color rojo. Eso sí, tampoco falta el disfraz y la máscara que buscan su repetición en Carnavales, por San Juan, en fiestas patronales, en Halloween, en el Solsticio de Invierno o en fiestas privadas de todo tipo (cuadrillas, despedidas, colegios, etc.).

Es como si la prohibición del disfraz por Carnaval durante la dictadura estuviera recuperando el tiempo perdido y no hubiera un mañana para tanta imaginación.

Sin embargo, toda esta situación me obliga a preguntarme, ¿dónde se encuentran los límites entre el disfraz de carácter profano, la simulación del personaje y el uso de uniformes e indumentarias tradicionales en celebraciones de origen o sentido religioso?

Algunos personajes de la Maskarada de Lamiako (Leioa). Autor: Emilio Xabier Dueñas.

Una performance “carnavalesca” necesita de un vestuario: con ropas de clérigo (sacerdote, obispo, fraile…), simulando a personalidades políticas, con uniformes militares (ejército, Guardia Civil, Policía o Ertzaintza), que cumplan con modas puntuales o permanentes (Superman, bruja, Hulk…) o que representen profesiones (mecánico de taller, enfermera, médico…). También requiere que simbolicen seres mitológicos (Basajaun, Olentzero…), personajes de la tradición (el oso o “la vieja”) y funciones o labores coreográficas en Kabalkadak, Pesta Berri o Maskaradak, carlistas y liberales de las batallas de las guerras civiles del siglo XIX o escenificaciones de clases maginadas (vagabundo o mendigo). Lo mismo ocurre con las representaciones en el orden católico: los personajes de la pasión viviente de Balmaseda; los apóstoles, Cristo y San Miguel en la procesión del Corpus Christi de Oñati; o los romanos en las procesiones de Semana Santa.

Sea como fuere la categorización del disfraz, la actitud del disfrazado y la simbiosis resultante, hoy en día, nos encontramos con algunas contradicciones dignas de mencionar. Lo que hace unos años era aceptado por la sociedad como, vestirse de gitano, pintarse de negro e incluso travestirse, han pasado a un nivel de rechazo, no equiparable al de otros estamentos como el eclesiástico, el militar o de ciertas profesiones. Sin duda, son producto de sensibilidades latentes, manifiestas y socialmente reprochables.

En el lado opuesto de la balanza, dentro de lo que consideramos como aceptable, está el vestirse de aldeano o de aldeana, con sus mil y una caras a caballo entre lo autóctono o propio y lo auténtico y desfasado. Curiosamente nació como una representación que podríamos tachar de vulgar entre lo rural y lo exótico. La estética ha ido variando y tomando un peso específico de cara a la comercialización.

De hecho, su uso ha variado tanto que casi es imperceptible su origen. Veamos un par de ejemplos: los postulantes de finales del XIX, salvo excepciones, no iban uniformados a recoger viandas o dinero por los caseríos o de calle en calle; los músicos no acostumbraban a disfrazarse, sino a vestir de la forma más elegante dentro de sus posibilidades.

La amalgama actual de disfraces tiene casi la misma variabilidad y versatilidad que su uso a lo largo del año, donde a los “típicos”, se unen las novedades. Eso no quita para que más de uno proyecte su creatividad ofreciendo algo diferente en un mundo en el que las celebraciones y fiestas, privadas o públicas, sean las que rijan un calendario; el del uso del disfraz.

 

Emilio Xabier Dueñas — Folklorista y etnógrafo

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