Apuntes de etnografía

Tejón. Vincent van Zalinge

Tejón común.

Desde la prehistoria el ser humano ha buscado siempre sus propios métodos para garantizar su protección, desde danzas hasta sacrificios humanos, pasando por todo tipo de rituales. Pero sin necesidad de remontarnos tan lejos, incluso en el momento presente de virus pandémico, la necesidad de protegerse uno mismo, de proteger la familia, la casa, los bienes… sigue igual de viva que en la prehistoria, pero sujeta a una lógica evolución.

Entre los muchos ritos de protección que hoy están extinguidos, pero que en nuestra memoria siguen vivos porque los hemos visto en plena vigencia, destaca el uso de las patas, las pezuñas para ser exactos, del tejón (Meles meles) o tajudo, clavadas en las puertas de bordas y cabañas pastoriles del Pirineo navarro y altoaragonés. Aquellas extremidades que el paso del tiempo ennegrecía y secaba, con frecuencia acompañadas de otros elementos protectores asociados al cristianismo, eran colocadas por los pastores con la doble convicción de que preservaban de todo tipo de maleficios, y de que además reportaban beneficios. Era este último aspecto el que las diferenciaba de una cruz hecha con palos, de una medalla religiosa, o de un eguzki-lore, por poner algún ejemplo de los más conocidos.

Seguramente, para entender esto había que ser pastor y había que vivir en el monte, lejos de los núcleos de población durante todo el año, muchas veces en situaciones extremas y sin otra posibilidad de alimentos que los que en cada época del año les ofrecía la madre naturaleza. Eran hombres que cazaban para vivir, o para sobrevivir. Hoy sería impensable que alguien viviese así.

Permítaseme que ponga como ejemplo a mi padre, Román Hualde, pastor roncalés nacido en 1907. Desde los once años metido en el monte con las ovejas, observando la naturaleza y aprendiendo de ella. Su rival: el oso. Y del oso aprendió que el otoño era cuando atacaba al ganado, para comer de las ovejas solo las puntas de sebo, que eran las que le permitían de forma rápida almacenar grasa en su joroba, imprescindible para poder pasar el invierno gracias a esas reservas de su ‘despensa’.

Pues esa misma técnica era la que empleaba mi padre con el mismo fin. Y dentro de lo que le ofrecía el medio natural de su entorno, eran los tajudos quienes más grasa podían reportarle; ellos eran su objetivo cinegético por excelencia.

Para quien no lo sepa, el tejón, al igual que el lagarto ocelado, o gardatxoa, cuando te muerde ya no te suelta. Solo matándolos puede uno librarse de ellos. Esto los pastores lo sabían muy bien y lo utilizaban en ‘beneficio’ —lo pongo entre comillas, porque no todo el mundo estará de acuerdo con este calificativo— propio.

Román —personalizo en mi padre, pero vale para cualquier pastor de la zona—, como buen observador de la naturaleza, sabía seguir los rastros de los tejones y localizar sus madrigueras (tejoneras), alcanzando a diferenciar la escarbada por un tejón de la escarbada por un zorro. Esperaba el instante oportuno para meter la mano en el agujero, cuando el animal estaba cerca de la entrada; a este le solía faltar tiempo para atacar al intruso y morderle la mano, y esa era su perdición. El pastor lo arrastraba hacia fuera hasta sacarlo de la madriguera, y allí, con palo o con navaja, le daba muerte. La grasa de un tejón le aseguraba la supervivencia para todo el invierno. De él se comía todo menos las patas.

Esas patas, clavadas en la puerta de la cabaña, no eran trofeos, sino que indicaban suerte, indicaban protección, e indicaban que la mejor suerte y la mejor protección eran que al año siguiente pudiesen ser renovadas. Sobra decir que a mi padre le faltaban todas las puntas de los dedos de las manos. Ese fue su peaje para vivir.

Fernando Hualde – Etnógrafo – Labrit Patrimonio


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